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La herencia de Convergencia

José A. Ruiz 03/07/2020
El nuevo PNC quiere imitar al PNV, el PDECAT se hunde, la CRIDA fracasa y Puigdemont crea otro partido personalista

Los convergentes de siempre

Son los de siempre. Los de toda la vida. Pero ya no son ni la sombra de lo que eran.  Un partido que fuera hegemónico y que, sometido a las enormes tensiones del procés diseñado por Jordi Pujol y puesto en marcha por Artur Mas, se ha desintegrado en un puñado de facciones en pugna por el poder.
 
Acaso todos soñarían con viajar atrás en el tiempo y regresar a aquel paraiso en el que CIU poseía la mayoría absoluta, en el que la trama del 3-5-10% funcionaba a toda vela oculta tras la honorable apariencia de sus mandatarios y en el que la sucesión al trono de la dinastía Pujol estaba asegurada.  Tiempos felices para una casta poderosa que consideraba que las riendas de Cataluña eran suyas por derecho.
 
Crónica de la caída
 
Pero sucedió un hecho insólito.  El acuerdo de poder que (según algunos) protegía al clan Pujol de la acción de la justicia se rompió cuando una jueza gallega destapó la trama de las concesiones de las ITV, rubricadas por el heredero a la corona, el mismísimo Oriol Pujol.  Cuentan que el padre montó en cólera e hizo que su dócil protegido, Artur (cuya misión no era otra que calentar la silla para el heredero de los Pujol) pusiese en marcha el plan que entre ensoñaciones el rey Jordi había urdido.  A este respecto recomiendo encarecidamente la lectura del último libro de Miguel Angel Revilla "¿Por qué no nos queremos?", donde se da cumplida fe de lo narrado. 
 
Esa Convergencia de las mayorías absolutas convocó elecciones anticipadas para poder crecer, planteando el llamado "derecho a decidir" (concepto engañosamente amigable para iniciar el camino a una secesión por la supremacía etnolingüística) y en lugar de crecer perdió doce diputados y su codiciada mayoría.  Tuvo que sumar con Esquerra Republicana, un partido muy lejos de su mejor momento, para mantenerse en el poder.  En lugar de admitir su error de cálculo, Mas dobló su apuesta, ahora decididamente por la independencia.  La suma de ambos partidos dobló el anterior fracaso y la mayoría absoluta siguió alejándose.  Doce escaños menos en el Parlament (a Artur Mas en Francia le llamaron "el menos doce") y la necesidad de pactar con la extrema izquierda antisistema, la CUP.  Se unieron todos los independentistas, de extrema derecha a extrema izquierda, pero pese a en esa forzada unión seguían sin ser bastantes para mantenerse en el poder, con un agónico 47% del hiperestimulado voto independentista.  Pero ahí estaba la aplicación catalana de la ley D'Hondt, descartada ya en toda España en favor de sistemas más democráticos y representativos excepto en Cataluña, porque multiplicaba el poder de voto en los municipios pequeños en los que el secesionismo tenía la hegemonía, mientras que las ciudades más pobladas, de tendencia mayoritariamente constitucionalista veían su poder de voto reducido.  Como en el África del apartheid, era el dominio de la minoría privilegiada sobre la mayoría silenciada, y como tantas veces, el del régimen contra la disidencia.
 
Y llegó la agonía de los desafíos sin mayoría social, de la ruptura de leyes sin el apoyo de Europa.  El comité de Venecia no consideraba democrático el "referendum", el tribunal de Estrasburgo apoyaba la actuación del gobierno de España, los gobiernos democráticos se negaban a reconocer la "república de los 8 segundos", ninguna de las ONGs pro derechos humanos reconocía "presos políticos" (y las más relevantes como Amnistía Internacional o Human Rights Watch les negaban expresamente tal condición).  Las calles de Barcelona ardían y se fragmentaban bajo los disturbios dirigidos desde una APP de móvil que nadie afirmaba saber quién controlaba pese a que los capitostes del régimen aplaudían la legitimidad de los atentados cometidos por el irónicamente denominado "Tsunami Democrátic".
 
Las fuerzas del nacionalismo se iban agotando mientras los crecientes impuestos de los ciudadanos catalanes se seguían traduciendo, constantemente, en subvenciones astronómicas a ciertos medios de comunicación.  La maquinaria nacionalista, pese a todo, no se detenía..
 
El final de la aventura
 
Pero entonces llegó la pandemia. Y la gente empezó a preocuparse por cosas mucho más importantes que "la nación" y "el pueblo", como la salud, el trabajo, la comida..  Y los líderes nacionalistas, pillados con el paso cambiado y cinco años de ausencia de gestión, dividieron sus esfuerzos entre intentar echar la culpa de todo a Madrid e intentar ocultar la incidencia del macrocontagio de Perpignan en los fallecidos en Cataluña (fácilmente constatable recopilando los datos públicos como ha hecho la investigación de CatCovidTransparencia).
 
Ahora la gente tiene ganas de rehacer su vida, de irse de vacaciones (el que pueda) y de levantar el país, independientemente de que lo llame España, Cataluña o como quiera, pero de lo que no tiene ganas la gente es de seguir haciendo el juego a las batallitas de sus líderes políticos.  A seguir pagando a unos vividores que se siguen subiendo el sueldo en medio de la mayor crisis económica y sanitaria desde la guerra civil.  Unos líderes que se aseguran jubilaciones millonarias a golpe de ley (en el caso de Torra incluso camuflándolo en las medidas contra la emergencia sanitaria) y a los que la gente solo parece importarles en la medida en la que sirva de munición en sus acalorados discursos.
 
La pugna por la gloria perdida
 
Y es por eso por lo que la antigua Convergencia está ahora donde está.  Acaba de fundarse el nuevo Partit Nacionalista de Catalunya (PNC), liderado por Marta Pascal, de pedigrí convergente desde la cuna, ansiosa por reverdecer los laureles de aquél pactismo de seny imitando las rentables jugadas de ese PNV (cuyo nombre replica sin disimulo) que amenaza constantemente con una independencia (llamémosle autogobierno) que en realidad no quiere, porque es más cómodo arañar partidas presupuestarias insolidarias al resto de España aprovechando el eterno enfrentamiento entre bloques políticos en Madrid. Los nacionalistas vascos les han pasado la mano por la cara a los convergentes, y ya no pueden disimularlo, solo dar un tardío golpe de timón intentando aguantar la vergüenza que da admitir con hechos esa derrota que jamás admitirán con palabras.  Un partido que ahora renuncia a la unilateralidad, a Torra y a Puigdemont (y seguramente a Mas), que devuelve el independentismo al status de "postureo" para no descongelarlo en años.  Un nacionalismo falsamente moderado, que no renuncia a ese mítico "referéndum pactado" y que se empecina en seguir llamando a sus predecesores encarcelados "presos políticos", "exiliados" o simplemente "represaliados", más que nada para que sus seguidores, atónitos, no les apredreen.  El nuevo partido se autodefine ahora como "de centro liberal" (quiere pescar en el caladero de Ciudadanos) y con "lealtad entre Cataluña y España" (una frase engañosamente bilateral para una lealtad que durará exactamente lo que dure).
 
Mientras tanto, Puigdemont el Vivales (Albert Soler dixit), descolgado ya de los nuevos proyectos y más solo que la una, anuncia un nuevo partido cuya descripción podría resumirse en: "Es el partido de Puigdemont".  Los fondos se agotan.  El sacadineros denominado "Consell para la República" no recaudó los diez millones de Euros que el prófugo exigía y jamás sirvió para nada.  Su anterior partido personalista La Crida acaba de cerrar sus locales sin apenas hacer ruido.  Su afiliación al PDeCAT ya es historia antigua.  Necesita votos que le mantengan en Bruselas, pues solo su actual situación de inmunidad le salva de responder ante la justicia, pero la gente empieza a echarle en cara que no pare de pedirles dinero, y los bolsillos de los catalanes ya no son lo que eran.  Ni siquiera los de los nacionalistas.
 
Y no acaba aquí la cosa, con más bailes de siglas, alternativas y pugnas por el espacio político.  Esquerra Republicana, antaño considerados radicales intolerantes, han capitalizado el hooliganismo convergente para convertirse en radicales intolerantes disfrazados de responsables y moderados.  Lliures aprieta el paso para reclamar una unión catalanista no independentista.  Ciudadanos busca rearmarse para que las fuerzas emergentes no le roben el que fué su espacio..  Más luchas de poder en medio de la miseria y el caos.
 
Y en este punto está por ahora la triste historia de los convergentes, mucho mas triste, si cabe, porque ha arrastrado en su caida a toda la sociedad catalana y en menor medida a toda la sociedad española.  Una herida que tardaría generaciones en cicatrizar, si los nacionalistas tuviesen la más mínima intención de dejarla cicatrizar, cosa que no piensan hacer.

Esa es la auténtica herencia de Jordi Pujol, y no la de Andorra.  Y esa es la herencia de convergencia.

 

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