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Qué hacer si viene Hitler a dar un discurso a la Plaza Cataluña

José A. Ruiz 14/08/2019
Medidas a adoptar ante un discurso en Barcelona del mayor líder Fascista de la historia

Obvia decirlo, lo primero que tendríamos que hacer sería llamar a un investigador de lo paranormal como Iker Jiménez, dado el misterio y la incógnita que tal suceso implicaría, pero como se entiende que estamos tratando una analogía llevada al extremo, consideraremos que el discurso de Hitler en la Plaza Cataluña de Barcelona es una realidad y proseguiremos desde aquí.
 
Pongámonos en situación.  Un día en el metro vemos las marquesinas publicitarias anunciando para el domingo un mitin del mismísimo Adolf Hitler en la Plaza Cataluña.  En el cartel vemos que el mítin está patrocinado por "Grossdeustchland Cultural" y viene en la esquina del cartel una pequeña esvástica.
 
Al domingo siguiente, si por casualidad pasamos por la Plaza Cataluña, tal vez nos encontraremos media plaza vallada y a varias personas entre la gente, vestidas como los demás pero con una cinta roja alrededor del antebrazo en la que luce una esvástica negra.  Esas personas saludan a la gente con simpatía y reparten entre adultos y niños unos globos rojos con esvásticas negras, y también reparten entre los asistentes botellitas de agua mineral con etiqueta de la Asociación Nacionalista Alemana.  La escena nos enerva.  Entonces en un escenario montado en la mitad inferior de la plaza se descorre una enorme cortina y de pié, ante una enorme telón rojo que luce otra esvástica negra sobre un círculo blanco, aparece el mismísimo Adolf Hitler, fürher (líder) del fascismo alemán de principios del siglo pasado.
 
¡Ese indeseable está regalando globitos a inocentes niños que no saben qué horror se esconde tras esos colores brillantes!  Ese ser lleno de odio y exclusión se cree con derecho a hablar a personas que quizá no estén bién informadas, que quizá no hayan recibido suficiente educación en las escuelas, suficiente cariño de sus padres, suficiente cordura, en fín, para distinguir el bién del mal que evidentemente representa.  Miramos a nuestro alrededor y comprobamos con alivio que no estamos solos.  Muchas personas se miran entre sí, incrédulas y también indignadas. ¡Algo hay que hacer!
 
Estas son nuestras opciones:
 
Primera opción: Gritamos enfurecidos.  Repartimos silbatos y procuramos tapar el ruido para que no se escuchen sus palabras.  Visto que no somos capaces de superar el volúmen de esos enormes amplificadores (¿Quién pagará todo esto?) y que la gente le sigue escuchando, comenzamos a arrojar al estrado nuestras botellas de agua.  Dos señoritas entran en el escenario situándose delante del führer, y levantando las manos al aire con las palmas abiertas en son de paz gritan con sonrisa desafiante: "¡Freiheit!, ¡Freiheit!" (Libertad, libertad). Miro la escena con incredulidad. ¡Son ellos los que quieren someter a nuestro pueblo!  ¡No tienen derecho a pronunciar esa palabra!  ¡Esa palabra nos pertenece!  ¡Nosotros somos los demócratas y ellos los fascistas!  Y tanto es así que los indignados nos lanzamos contra el escenario usando las vallas que acordonan la plaza para destrozar los equipos.  Un compañero arroja un pié de micro contra el propio Hitler y contemplo con satisfacción que le abre una brecha en la cabeza.  Arrancamos los carteles profusamente distribuidos por la plaza y los reunimos en el centro, donde un compañero indignado les prende fuego con su mechero.  Otros avivan el fuego con unos pequeños libros, la última edición del "Mein Kampf" que estaban expuestos y a la venta en un kiosco anexo al escenario.  Vemos con satisfacción como los libros arden junto a la efigie de Hitler mientras cantamos a coro "¡Fuera - fascistas - de nues - tros - barrios!.
 
Segunda opción: Escuchamos las primeras palabras del ex-dictador alemán y comprobamos que su discurso es el de siempre.  Los indignados y yo nos dirigimos a la policía y nos indican que no pueden hacer nada para interrumpir el acto porque el líder fascista resucitado ha solicitado el preceptivo permiso en el ayuntamiento y le ha sido concedido.  Algunos compañeros han grabado con sus móviles parte del discurso y un joven propone que pongamos una denuncia conjunta contra Hitler por comentarios xenófobos e incitación al odio.  Así lo hacemos.  La denuncia es admitida a trámite y estamos esperando fecha para el juicio.
 
Estimado lector, aquí termina la analogía que le quería plantear.  Llegados a este punto, ¿Qué opción elegiría usted?
 
¡Ah! ¿Que cuál es ese partido que se esconde tras esta analogía?  ¿No se da cuenta aún de que eso es irrelevante?  No, no es el PDECAT ni VOX, ni ERC ni el PP, ni Podemos ni la CUP.  De hecho en España no existe ningún partido que pueda presentarse como análogo al NSDAP alemán, por más que algunos conceptos e ideas puedan encontrarse repartidos de forma desigual en algunos partidos actuales.  Es que el tema no es ese.  El punto al que quiero llegar es que da igual si somos constitucionalistas o nacionalistas, si somos de extrema izquierda, extrema derecha o centro extremo (permítaseme esta licencia).  Si nuestro rival ideológico quiere dar un mítin, está en su derecho.  Si quiere anunciarse, puede hacerlo.  Si quiere manifestarse y obtiene los oportunos permisos, puede manifestarse.  Nuestra democracia es así de garantista.  Y si lo que dice nuestro rival ideológico/político no nos gusta, digámoslo.  Denunciémoslo, recurramos a la ley y al estado de derecho.  Pero no saboteemos sus actos.  No persigamos a sus militantes hasta su domicilio.  No sigamos a sus hijos hasta sus colegios, no contramanifestemos ilegalmente sus manifestaciones, no atentemos contra su libertad de expresión, por horrible que nos parezca lo que piensen o digan.  No los echemos a patadas de "nuestras calles" cuando los consideremos indignos, porque las calles no son "nuestras", sino de todos.  Incluso de mismísimo Hitler resucitado, si apareciese con el visado en regla.
 
Porque si hiciéramos todas esas cosas, Hitler seguiría siendo nazi, pero los auténticos fascistas seríamos nosotros.
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