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Se está dejando atrás a mucha gente

José A. Ruiz 04/07/2020
Las víctimas del SEPE y los ERTES sufren un drama que los medios no difunden lo suficiente

Cuando en un colectivo como el de los parados en situación de ERTE encuentras uno de esos errores capaces de arruinar a una familia la situación es cuanto menos singular y digna de atención.  Sin embargo cuando ese caso es la norma y la excepción es el ERTE bien gestionado, se produce una situación de alarma social.
 
O no.
 
Porque no se han comunicado las cifras.  A fecha de hoy, incontables beneficiarios de la prestación no la han cobrado, han cobrado cantidades ridículas o han agotado un desempleo que nunca se debería haber utilizado para esta crisis.  Y a fecha de hoy, en Cataluña y Madrid, las oficinas del SEPE aún no han abierto.  En tres provincias de Cataluña ni siquiera se ha hecho público en qué fecha abrirán.
 
Esta situación de abandono no es igual en toda España, ni en igual en todos los colectivos, pero lo que sí se ha universalizado son los dos principales factores que han motivado este desastre.  La enorme cantidad de errores en la gestión de los ERTEs y los opacos protocolos de gestión de los mismos.
 
En primer lugar quiero dejar clara una cosa, y es que no pienso culpar a los empleados del SEPE por algo que en principio parecería ser una incompetencia mayúscula por su parte.  Sería muy fácil convertirlos en el blanco de nuestras críticas como los afectados más irreflexivos pudieran hacer.  No es lo correcto.  En absoluto.
 
Estamos hablando de una plantilla cuya media de edad se aproxima a la de la jubilación, de unos procesos de gestión que antes de la crisis sanitaria eran pocos y estaban mayoritariamente automatizados, y de una estructura de personal que ya se encontraba al límite y necesitaba de nuevas contrataciones.  Llega entonces la crisis y quienes mandan dicen que el sistema actual de prestaciones ya no es aplicable, que todo el mundo va a cobrar una prestación nueva, tenga o no días cotizados, en base a nuevos certificados de retención que deberán ser aportados por las empresas, sin descontar días, sin aplicar las reducciones de la base de cotización previa, sin la presencia de los afectados, teletrabajando cada empleado desde su casa, con el material que tenga, en medio del miedo y de la incertidumbre.
 
Pero no es este el drama ni son estas las excusas.  La cosa se complica más cuando la reducida plantilla se da cuenta de que la automatización de las gestiones se ha acabado.  Si alguien programase una automatización para conceder todos los ERTEs de forma automática el gobierno de España se quedaría sin fondos a los pocos días.  Sencillamente no hay liquidez para hacerlo, teniendo en cuenta la más que evidente posibilidad de que muchas empresas se apunten a la "barra libre" y repitan los fraudes del "caso de los ERES" convirtiéndolo en el "caso de los ERTES".  Conclusión: Todos esos expedientes se han de procesar manualmente, uno a uno.
 
Y por si fuera poco, hay instrucciones de arriba que no tienen nada que ver con lo que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias han anunciado a bombo y platillo por televisión.  Por ejemplo, si un empleado no tiene suficientes días cotizados se le abonará la nueva y flamante prestación, pero ¿Y si los tiene?  Pues en una cantidad ingente de casos se les está abonando un paro antiguo, mísero y raquítico, descontándoles sus días cotizados hasta agotarlos. Porque evidentemente no se pueden aprobar los ERTEs tan "alegremente".  El dinero es finito y aún no se sabe qué ayudas llegarán de Europa, ni cuando.
 
Pero voy a ilustrar esta situación desde el punto de vista de una persona real, cuyo nombre no voy a dar y a la que llamaré simplemente Raquel.
 
El caso de Raquel
 
Raquel trabajaba a jornada completa como monitora de diversas actividades en un colegio concertado.  Pasó a situación de ERTE, y esperaba cobrar la prestación con arreglo a los certificados aportados por su empresa y con una base del 70%, tal y como el presidente había prometido por televisión.  Tendría que apretarse el cinturón, pero sabía que no quedaba otra opción porque había vidas en juego.
 
Pero pasó un mes, y no cobró.  Y al siguiente cobró la cantidad irrisoria de 70€.  Atónita, intentó comunicar con el SEPE.  Nadie le cogía el teléfono.  Lo intentaba una y otra vez, pero era inútil.  Las oficinas estaban cerradas y no había nadie con quien hablar.
 
Días después le llegó una carta del SEPE, y descubrió que no le están abonando el ERTE, sino su paro, en base a un certificado de empresa de hacía casi cinco años, cuando era monitora de comedor y solo trabajaba media jornada.  Además, como ese paro lo cobraba intermitentemente los veranos, la base de retención ya no era del 70% sino del 50%.  Y además se le estaban restando los días.  Ya solo le quedaban 50.  En menos de dos meses ese paro se agotaría.
 
Atónita comentó el hecho en su grupo de Whatsapp.  Sus compañeras le informaron de que a todas les había pasado lo mismo.  Excepto dos que no tenían prestaciones previas a todas ellas les habían reanudado el paro en lugar de darles la prestación.  La situación era dramática.  Significaba la ruina.
 
Raquel se puso el despertador todos los días para llamar al SEPE desde primera hora, hasta que un día una empleada respondió al otro lado.  La chica, muy atenta, le explicó que aquello era más o menos legal.  Que en según qué condiciones, se podía elegir si abonarle la nueva prestación del ERTE-COVID o su antiguo desempleo.  Raquel respondió que ella no había elegido nada.  La empleada le dijo que el SEPE había elegido por ella.  Raquel pidió que le cambiasen la prestación antigua por el ERTE-COVID.  La funcionaria le dijo que por teléfono no se podía gestionar nada, solo informar.  Para reclamar habría que esperar a que abriesen las oficinas o hacerlo online si disponía de un certificado digital.  Raquel no lo tenía ni podía obtenerlo, porque los organismos que lo expedían (Hacienda y la tesorería de la Seguridad Social) estaban también cerrados por el estado de alarma.
 
Había sucedido lo mismo en el caso de sus compañeras.  Algunas se comunicaron con otras empresas, con otros colegios.  El caso era generalizado, y en una mayoría de ocasiones los empleados del SEPE afirmaban que la culpa era de las empresas por entregar mal la documentación.  Las empresas mostraron sus papeles y la aceptación del ERTE-COVID por parte del SEPE.  No había habido ningún error.
 
Pasaron, agónicos, los tres meses y medio.  El confinamiento acabó.  El estado de alarma se levantó, y las oficinas del SEPE seguían cerradas.  Raquel debe ya dos recibos del alquiler.  Su prestación ya se ha agotado.  Ahora, por más que lo intente, nadie en el SEPE le coge el teléfono.  Un listado en la web le indica que la mayoría de oficinas abrirán pronto.  Anteayer solo faltaban Madrid y Cataluña.  Hoy ya se anuncia que la próxima semana abrirán Madrid y Tarragona, pero ella es barcelonesa y Barcelona, Lleida y Girona no tienen ni fecha de apertura.
 
Raquel, sin saber ya que hacer, enciende la televisión.  Hace ya una semana que el presidente del gobierno anunció que todos los expedientes de los ERTES se habían resuelto.  Comienza el telediario y no se menciona una palabra de lo que pasa.  A Raquel le invade una rabia profunda a la que no sabe dar salida.  Aún no cree lo que está pasando.  Está sopesando opciones que jamás creyó posibles.  Cancelar todos sus gastos e intentar negociar un acuerdo con el casero.  Llamar a su familia para pedirles que la acojan un tiempo...  Pero ahora solo puede llorar.
 
Este es el caso de Raquel, y como decía Matías Prats en un anuncio, "..y cada día el de más gente".
 
Esto está pasando.  Se está dejando a gente atrás.  A mucha.
 
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